lunes, 1 de junio de 2026

 

LA VOZ QUE EXIGE LA POLÍTICA QUE EL PAÍS MERECE

Por: Mario Rincón

Cantautor/ Psicólogo Social Comunitario

 

Los antiguos campesinos y arrieros de nuestra tierra sabían bien algo que hoy parece haberse olvidado: cuando debían transportar sus productos y cargas sobre el lomo de una bestia, ponían todo su cuidado en equilibrar el peso a uno y otro lado. No permitían que un lado quedara más cargado que el otro, porque sabían que, si la carga se inclinaba, el animal sufriría, caminaría con dificultad, podría enfermarse, tropezar o incluso no llegar nunca a su destino. La sabiduría de entonces enseñaba que solo con la carga repartida con justicia y medida, la bestia avanzaba cómoda, fuerte y podía recorrer largas distancias sin agotarse.

Esa misma imagen define lo que debe ser una nación. Para mí, Colombia es un espacio común que todos debemos cuidar, y sus regiones, sus habitantes y la naturaleza misma son los elementos que conforman y sostienen nuestra realidad. Cuando unos cargan con todo el peso y otros quedan desprotegidos, cuando se descuida cualquier parte de este conjunto, el país se desequilibra, sufre y se detiene. Es precisamente esa falta de equilibrio, esa ausencia de una visión que reparta oportunidades, obligaciones y soluciones por igual, lo que me ha motivado a partir de ahora a tomar una gran decisión, porque para mí la administración pública no se trata simplemente de gestionar recursos, ni tampoco de imponer o instalar visiones unilaterales de país cada 4 años.

Entiendo que enfrentamos retos históricos que llevan décadas pendientes. Entre ellos, es fundamental poner límite y sanción real a la corrupción sistémica que se extiende por todo el Estado colombiano, por todos los partidos políticos vigentes y por la misma sociedad colombiana, que en muchas de sus prácticas es corrupta. Y es evidente que, a nivel histórico reciente, ninguna propuesta de candidato ha abordado las problemáticas nacionales con la ecuanimidad, equidistancia, realidad y armonía necesarias para atender las necesidades de cada región, sector, grupo poblacional y también para preservar el entorno que nos acoge. Hablo de construir una paz verdadera, vivida en cada rincón; de lograr una equidad que rompa la desigualdad que nos ha dividido; de garantizar que salud, educación, trabajo y justicia sean derechos efectivos, no privilegios; y de avanzar en la reconciliación para sanar las heridas del conflicto.

Considero que entre todos los aspectos, uno fundamental es la seguridad. Hoy la violencia tiene un carácter multidimensional: nos afecta en lo urbano y en lo rural, en lo económico, social, cultural y político, con mayor fuerza en los territorios donde el Estado tiene poca presencia. Es importante anotar que algunos modelos de seguridad aplicados en el pasado han generado incluso hechos de lesa humanidad que quedarán en los anales, en el libro negro de la historia de Colombia, y que probablemente lleguen a la Corte Penal Internacional. La seguridad no es un fin en sí mismo, sino el suelo donde se construye la vida: sin ella no hay inversión, ni aprendizaje tranquilo, ni derechos que se ejerzan con libertad.

Al analizar las alternativas actuales, observo que no abordan los problemas en su verdadera dimensión, ni ofrecen garantías completas, ni resuelven sus causas profundas. En conjunto, resultan parciales o insuficientes. Algunos elementos aislados pueden parecer útiles, pero ninguna propuesta logra integrar lo necesario para responder a la complejidad del país. Lo mismo ocurre en economía, salud, educación, infraestructura, protección del medio ambiente y lucha contra la ya mencionada corrupción: se limitan a promesas generales, sin estrategias concretas ni visión de futuro. Vivimos un contexto global de inestabilidad que ya afecta nuestros precios y finanzas, y aun así no encuentro planteamientos sólidos para protegernos.

Esta debilidad ha generado desconfianza y división. Por un lado, quienes han sido marginados temen perder sus avances; por otro, quienes impulsan la actividad económica sienten que su esfuerzo corre riesgo. Lo más grave es que esta brecha no nace entre las personas, sino de la falta de claridad de las ofertas: si fueran equilibradas y seguras para todos, no habría este miedo compartido. Que unos teman perder derechos y otros perder lo construido demuestra que ninguna garantiza avanzar en justicia sin afectar la producción, ni proteger el bienestar sin dejar desamparados a los más vulnerables.

Por todo esto, he llegado a una conclusión: ninguna alternativa responde plenamente a lo que el país necesita, ni para hoy ni para los retos venideros.

Por eso he decidido a partir de ahora votar en blanco. Esta decisión tiene respaldo claro en nuestro ordenamiento jurídico. La Corte Constitucional, en su Sentencia C-490 de 2011, establece textualmente:

«El voto en blanco es una expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad, con efectos políticos. El voto en blanco constituye una valiosa expresión del disenso a través del cual se promueve la protección de la libertad del elector. Como consecuencia de este reconocimiento, la Constitución le adscribe una incidencia decisiva en procesos electorales orientados a proveer cargos unipersonales y de corporaciones públicas de elección popular.

El voto en blanco no es equivalente a la abstención, pues mientras esta última implica la no participación en la elección, el voto en blanco es una forma de participación activa, en la que el ciudadano, haciendo uso de su libertad, manifiesta que ninguna de las propuestas o candidatos presentados le resulta satisfactoria o adecuada. Es, por tanto, una manifestación legítima, válida y democrática, que el ordenamiento jurídico reconoce y protege, dotándola de valor y consecuencias políticas concretas. No se trata de un voto nulo, ni inválido, ni desprovisto de sentido; por el contrario, es una opción con pleno valor jurídico, que refleja la posición crítica o de rechazo del ciudadano frente a lo que se le ofrece, y que obliga a las fuerzas políticas y a las instituciones a interpretarlo como un llamado a mejorar las propuestas, a elevar el nivel del debate y a ofrecer alternativas que estén realmente a la altura de las necesidades del país.»

Sé que esta decisión implicará críticas, observaciones despectivas y consideraciones de que no estoy a la altura del momento histórico y de las necesidades del país. Sin embargo, mantengo mi postura con plena convicción. Durante mucho tiempo creí que lo responsable era elegir la opción “menos mala”. Pensaba que así cuidaba el destino común. Pero al reflexionar sobre el sentido de la democracia, comprendí que esa lógica, aunque bien intencionada, termina perpetuando la mediocridad. Elegir lo menos malo es conformarse con lo insuficiente, es aceptar que la política no tiene por qué ser excelente. Entendí entonces el verdadero significado del voto en blanco: no es una salida fácil, sino la postura coherente que exige que las ofertas estén a la altura de lo que merecemos.

Al tomar este camino, no olvido ningún aspecto de la realidad nacional. Pienso en el campesino que necesita tierra y justicia; en el ciudadano que pide tranquilidad; en los trabajadores que merecen condiciones dignas; en los jóvenes que buscan oportunidades; en los abuelos que necesitan reconocimiento y respeto por todo lo que dieron por nuestro país; en quienes generan empleo y riqueza, que necesitan reglas claras para seguir aportando; y también en el entorno natural que compartimos y que debemos cuidar. Exijo soluciones integrales porque sé que el bienestar de todos los elementos que conforman la nación está interrelacionado.

El voto en blanco no es algo nuevo: su presencia constante en las elecciones muestra que, cuando las ofertas no alcanzan el nivel necesario, la ciudadanía lo usa para expresar que espera más.

Vuelvo a la imagen inicial: la política que se nos ofrece sigue siendo una carga mal repartida. Al votar en blanco no me retiro, al contrario: sigo participando, pero dejo claro que no acepto lo que nos haría tropezar. Ejerzo mi derecho y mi deber para exigir propuestas que equilibren el peso entre regiones, personas y el entorno, repartan la justicia y nos lleven hacia la paz y el progreso que nos corresponden.

Ojalá nadie confunda mi visión o mi posición con indiferencia: es todo lo contrario. Igual entiendo que hay decisiones que uno toma no para gustarle a nadie, sino simplemente para ser coherente consigo mismo y con lo que considera justo y necesario para el país. Es la expresión de que quiero lo mejor para mi país, y mientras no se presenten opciones completas y equitativas, seguiré haciendo uso de esta facultad que la Constitución me reconoce. Colombia merece excelencia, y hasta que sea una posibilidad real, el voto en blanco será mi forma de exigirla.[1]

 



[1] Esta obra se sustenta en ideas, conceptos, marcos históricos y teóricos, experiencias personales y posturas ideológicas exclusivas y originales del autor, quien definió su temática y sus argumentos. Se utilizó inteligencia artificial únicamente como apoyo para la redacción y estructuración del texto, el cual fue reeditado, ajustado, corregido y aprobado íntegramente por el autor, quien es el responsable único de su contenido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

  LA VOZ QUE EXIGE LA POLÍTICA QUE EL PAÍS MERECE Por: Mario Rincón Cantautor/ Psicólogo Social Comunitario   Los antiguos campesino...