LA VOZ QUE EXIGE LA
POLÍTICA QUE EL PAÍS MERECE
Por: Mario Rincón
Cantautor/ Psicólogo
Social Comunitario
Los antiguos
campesinos y arrieros de nuestra tierra sabían bien algo que hoy parece haberse
olvidado: cuando debían transportar sus productos y cargas sobre el lomo de una
bestia, ponían todo su cuidado en equilibrar el peso a uno y otro lado. No
permitían que un lado quedara más cargado que el otro, porque sabían que, si la
carga se inclinaba, el animal sufriría, caminaría con dificultad, podría
enfermarse, tropezar o incluso no llegar nunca a su destino. La sabiduría de
entonces enseñaba que solo con la carga repartida con justicia y medida, la
bestia avanzaba cómoda, fuerte y podía recorrer largas distancias sin agotarse.
Esa misma
imagen define lo que debe ser una nación. Para mí, Colombia es un espacio común
que todos debemos cuidar, y sus regiones, sus habitantes y la naturaleza misma
son los elementos que conforman y sostienen nuestra realidad. Cuando unos
cargan con todo el peso y otros quedan desprotegidos, cuando se descuida
cualquier parte de este conjunto, el país se desequilibra, sufre y se detiene.
Es precisamente esa falta de equilibrio, esa ausencia de una visión que reparta
oportunidades, obligaciones y soluciones por igual, lo que me ha motivado a
partir de ahora a tomar una gran decisión, porque para mí la administración
pública no se trata simplemente de gestionar recursos, ni tampoco de imponer o
instalar visiones unilaterales de país cada 4 años.
Entiendo que
enfrentamos retos históricos que llevan décadas pendientes. Entre ellos, es
fundamental poner límite y sanción real a la corrupción sistémica que se
extiende por todo el Estado colombiano, por todos los partidos políticos
vigentes y por la misma sociedad colombiana, que en muchas de sus prácticas es
corrupta. Y es evidente que, a nivel histórico reciente, ninguna propuesta de
candidato ha abordado las problemáticas nacionales con la ecuanimidad,
equidistancia, realidad y armonía necesarias para atender las necesidades de
cada región, sector, grupo poblacional y también para preservar el entorno que
nos acoge. Hablo de construir una paz verdadera, vivida en cada rincón; de
lograr una equidad que rompa la desigualdad que nos ha dividido; de garantizar
que salud, educación, trabajo y justicia sean derechos efectivos, no
privilegios; y de avanzar en la reconciliación para sanar las heridas del
conflicto.
Considero
que entre todos los aspectos, uno fundamental es la seguridad. Hoy la violencia
tiene un carácter multidimensional: nos afecta en lo urbano y en lo rural, en
lo económico, social, cultural y político, con mayor fuerza en los territorios
donde el Estado tiene poca presencia. Es importante anotar que algunos modelos
de seguridad aplicados en el pasado han generado incluso hechos de lesa
humanidad que quedarán en los anales, en el libro negro de la historia de
Colombia, y que probablemente lleguen a la Corte Penal Internacional. La
seguridad no es un fin en sí mismo, sino el suelo donde se construye la vida:
sin ella no hay inversión, ni aprendizaje tranquilo, ni derechos que se ejerzan
con libertad.
Al analizar
las alternativas actuales, observo que no abordan los problemas en su verdadera
dimensión, ni ofrecen garantías completas, ni resuelven sus causas profundas.
En conjunto, resultan parciales o insuficientes. Algunos elementos aislados
pueden parecer útiles, pero ninguna propuesta logra integrar lo necesario para
responder a la complejidad del país. Lo mismo ocurre en economía, salud,
educación, infraestructura, protección del medio ambiente y lucha contra la ya
mencionada corrupción: se limitan a promesas generales, sin estrategias
concretas ni visión de futuro. Vivimos un contexto global de inestabilidad que
ya afecta nuestros precios y finanzas, y aun así no encuentro planteamientos
sólidos para protegernos.
Esta
debilidad ha generado desconfianza y división. Por un lado, quienes han sido
marginados temen perder sus avances; por otro, quienes impulsan la actividad
económica sienten que su esfuerzo corre riesgo. Lo más grave es que esta brecha
no nace entre las personas, sino de la falta de claridad de las ofertas: si
fueran equilibradas y seguras para todos, no habría este miedo compartido. Que
unos teman perder derechos y otros perder lo construido demuestra que ninguna
garantiza avanzar en justicia sin afectar la producción, ni proteger el
bienestar sin dejar desamparados a los más vulnerables.
Por todo
esto, he llegado a una conclusión: ninguna alternativa responde plenamente a lo
que el país necesita, ni para hoy ni para los retos venideros.
Por eso he
decidido a partir de ahora votar en blanco. Esta decisión tiene respaldo claro
en nuestro ordenamiento jurídico. La Corte Constitucional, en su Sentencia
C-490 de 2011, establece textualmente:
«El voto en blanco es una expresión política de
disentimiento, abstención o inconformidad, con efectos políticos. El voto en
blanco constituye una valiosa expresión del disenso a través del cual se
promueve la protección de la libertad del elector. Como consecuencia de este
reconocimiento, la Constitución le adscribe una incidencia decisiva en procesos
electorales orientados a proveer cargos unipersonales y de corporaciones
públicas de elección popular.
El voto en blanco no es equivalente a la abstención, pues
mientras esta última implica la no participación en la elección, el voto en
blanco es una forma de participación activa, en la que el ciudadano, haciendo
uso de su libertad, manifiesta que ninguna de las propuestas o candidatos
presentados le resulta satisfactoria o adecuada. Es, por tanto, una
manifestación legítima, válida y democrática, que el ordenamiento jurídico
reconoce y protege, dotándola de valor y consecuencias políticas concretas. No se
trata de un voto nulo, ni inválido, ni desprovisto de sentido; por el
contrario, es una opción con pleno valor jurídico, que refleja la posición
crítica o de rechazo del ciudadano frente a lo que se le ofrece, y que obliga a
las fuerzas políticas y a las instituciones a interpretarlo como un llamado a
mejorar las propuestas, a elevar el nivel del debate y a ofrecer alternativas
que estén realmente a la altura de las necesidades del país.»
Sé que esta
decisión implicará críticas, observaciones despectivas y consideraciones de que
no estoy a la altura del momento histórico y de las necesidades del país. Sin
embargo, mantengo mi postura con plena convicción. Durante mucho tiempo creí
que lo responsable era elegir la opción “menos mala”. Pensaba que así cuidaba
el destino común. Pero al reflexionar sobre el sentido de la democracia,
comprendí que esa lógica, aunque bien intencionada, termina perpetuando la mediocridad.
Elegir lo menos malo es conformarse con lo insuficiente, es aceptar que la
política no tiene por qué ser excelente. Entendí entonces el verdadero
significado del voto en blanco: no es una salida fácil, sino la postura
coherente que exige que las ofertas estén a la altura de lo que merecemos.
Al tomar
este camino, no olvido ningún aspecto de la realidad nacional. Pienso en el
campesino que necesita tierra y justicia; en el ciudadano que pide
tranquilidad; en los trabajadores que merecen condiciones dignas; en los
jóvenes que buscan oportunidades; en los abuelos que necesitan reconocimiento y
respeto por todo lo que dieron por nuestro país; en quienes generan empleo y
riqueza, que necesitan reglas claras para seguir aportando; y también en el
entorno natural que compartimos y que debemos cuidar. Exijo soluciones
integrales porque sé que el bienestar de todos los elementos que conforman la
nación está interrelacionado.
El voto en
blanco no es algo nuevo: su presencia constante en las elecciones muestra que,
cuando las ofertas no alcanzan el nivel necesario, la ciudadanía lo usa para
expresar que espera más.
Vuelvo a la
imagen inicial: la política que se nos ofrece sigue siendo una carga mal
repartida. Al votar en blanco no me retiro, al contrario: sigo participando,
pero dejo claro que no acepto lo que nos haría tropezar. Ejerzo mi derecho y mi
deber para exigir propuestas que equilibren el peso entre regiones, personas y
el entorno, repartan la justicia y nos lleven hacia la paz y el progreso que
nos corresponden.
Ojalá nadie
confunda mi visión o mi posición con indiferencia: es todo lo contrario. Igual
entiendo que hay decisiones que uno toma no para gustarle a nadie, sino
simplemente para ser coherente consigo mismo y con lo que considera justo y
necesario para el país. Es la expresión de que quiero lo mejor para mi país, y
mientras no se presenten opciones completas y equitativas, seguiré haciendo uso
de esta facultad que la Constitución me reconoce. Colombia merece excelencia, y
hasta que sea una posibilidad real, el voto en blanco será mi forma de
exigirla.[1]
[1]
Esta obra se sustenta en ideas, conceptos, marcos históricos y teóricos,
experiencias personales y posturas ideológicas exclusivas y originales del
autor, quien definió su temática y sus argumentos. Se utilizó inteligencia
artificial únicamente como apoyo para la redacción y estructuración del texto,
el cual fue reeditado, ajustado, corregido y aprobado íntegramente por el
autor, quien es el responsable único de su contenido.
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